hace tiempo que no sé nada de Soledad, casi pensaba que ya se había olvidado de mí. quién me lo iba a decir que la podía echar de menos tanto. por eso ahora que pasaba por aquí, despistada como siempre, le he dicho que se viniera, y sin dejarle decirme que no le he agarrado de la mano y hemos ido a pasear juntos por la ciudad de los dos puentes y las siete colinas. los dos y nadie más que los dos.

hemos caminado largo rato y hablado no menos tiempo. de tantas cosas. también hemos visto el mar, y olido su salitre, y escuchado su murmuro, y le hemos saludado con unas piedras lanzadas tan lejos como hemos podido, más allá de las olas. también hemos paseado entre las atracciones y sonreído a los artistas callejeros que nos querían mostrar su número, no sé si el siete, el trece o ése del sombrero y el diábolo. y así, entre niños que correteaban por el parque tirando de sus abuelos, y tenderos de todos los colores en chiringuito también de todos los colores, y paseantes, hemos llegado al centro de la ciudad donde todo es ruido que suena a sinfonía de vida a mis oídos. y sin dejar de charlar como cotorras hemos entrado en un par de tiendas y comprado un sombrero, y reído al ver a los chicos que acompañan a regañadientes a sus novias de compras a esas tiendas que a mí tanto me gustan. y después cuando el sol se ha puesto hemos decidido que era hora de volver a casa.