La chiquita me ha prometido que con mis cinco euros al mes ellos pueden salvar África. Quién soy yo para discutírselo. Y después de todo, ella sólo hace lo que le han dicho que haga: ofrecer estas dosis de limpiaconsciencias (comprimidos Solidaridatil, consulte con su voluntariocéutico antes de tomar) que a algunos de escusa para hacer que les alivia los síntomas del fastidio de la pretendida mala consciencia. Posiblemente un paripé de paripés de paripés, porque a estas alturas ya nadie necesita justificarse de nada, ni siquiera a sí mismo, ni dar cuenta de los derroches cotidianos.
En cualquier caso, la chica se ofrece a sostenerme el libro mientras me chuto con el placebo del Solidaridatil. Lo ojea mientras yo lentamente analizo el formulario que recogerá mi firma. Ahora que ya ha acabado su discurso mecánico y sabe que tiene lo que quería, con una voz mucho más natural me pregunta qué carajo son esos textos tan raros del libro que ojea, y yo le cuento un poco el tema; después que de dónde soy, y yo que de tal sitio; y luego que cuánto tiempo llevo aquí, y yo que tantos años; y seguido el a qué te dedicas, y yo que a aquéllo otro. Acabamos la transacción, y nos despedimos. Ya retomado mi camino la chica me dirige la palabra de nuevo para (¡uix se le había olvidado!) agradecerme mis cinco euros al mes con los que van a salvar África. Y en fin, quién soy yo, sobre todo ahora que voy chutado, para discutírselo.