saludo al vendedor del periódico de caridad que se pone en en el portal de mi casa cada mediodía,
bajo la calle y esquivo a la de señora de las limosnas de la entrada a la farmacia,
luego me cambio de acera para no cruzarme con los de la o.n.g. de la esquina que de otro modo me va a asaltar una vez más,
bajo al metro y paso delante del señor de las muchas arrugas y acordeón prestado – éste al menos no agrede,
en el metro me aborda la señora de las moneditas, que ha decidido que su hija está mejor aquí con ella que en el colegio,
al salir del metro los borrachos de siempre nos saludan a los que dejamos el tunel,
después evito pasar frente a la entrada del supermercado donde aguardan los de la encuesta sobre detergentes,
y cuando pienso que ya he superado con éxito todos los peligros del día,
zas!, a la salida del parking, donde hasta ahora nunca había visto yo ningun caza-propinas, me echa el lazo la niña de la cruz roja.

en verdad aún faltan veinte metros para llegar donde ella, pero ya es tarde para escapar; me ha visto, y aunque voy leyendo mi libro, ella ha visto que yo la he visto, y sabe que yo lo sé, y yo sé que ella lo sabe también. no hay escapatoria. le sonrío ya desde aquí lejos y le hago con la cabeza un gesto de “joder me has pillado cabrona”, y ella asiente.