voy de camino hacia el trabajo. estoy pasando por el parking del “cagfug” en hora punta por entre una manada de coches, “fragonetas”, e incluso algún camión que reposta en la gasolinera que todo parking de hypermercado debe tener a su salida. mucho ruido y ese olor característico que te recuerda que el aperetivo está servido, que es hora de ingerir un poco de dióxido y monóxido de carbono, óxido de nitrógeno, dióxido de azufre, plomo, metano y algo de amoniaco. con todo, supongo que las gotas de agua que caen en este momento son de lluvia acidísima, de esa que la leyenda urbana asegura perfora la ropa.

a pesar del frenesí metálico y el humo apestoso que lo inunda todo, no corro, nunca lo hago. camino despacio, de hecho voy distraído, mirando cómo las superficies de los coches reflejan las nubes del cielo, cómo éstas se deforman sobre las curvas de las carrocerías según yo me muevo, y pensando en ecuaciones de Fresnel. hasta que un aroma me devuelve de sopetón a la realidad. proviene de uno de los pocos arbustos que hay distribuidos por el parking, y que acabo de sobrepasar sin darme cuenta. me detengo para observalo, y veo está en plena flor, y que además de regalar su aroma fresco, también exhibe sus hojas verdes recién desplegadas y sus frutos rojos. qué contraste, es como si hubiera descubierto de pronto un oasis en medio de este estruendo de humo y motores, un intruso silencioso y colorido en mundo de decibelios descontrolados y grises plomizos. le miro, y le pregunto ¿qué haces tú aquí, amigo?