sin importar cuan legañoso, sopa o zombie esté, cuando me levanto y paso por el salón suelo asomar el morro por la ventana para sentir el aire en la jeta y palpar el ánimo de la ciudad, y aprovechar para echar un ojo al termómetro electrónico que cuelga allí calle abajo. hoy descubro que por primera vez en varios meses son dos dígitos azul led y no uno los que indican la temperatura.
a veces pienso que tal vez sea precisamente la tendencia a cargar de simbolismo las cosas que les rodean lo que caracteriza a los seres humanos (desde lugares y hechos hasta objetos y cifras). porque aunque en realidad apenas hay diferencia entre nueve y diez, o al menos no más que la que va entre ocho y nueve, estoy seguro que de alguna manera hoy muchos habrán visto derribada esa barrera psicológica que hacía falta para cambiar al fin el abrigo por la chaqueta.