El otro día me vino a la mente de nuevo “La Bruja Mon”, uno de aquellos cuentos blancos de Barco de Vapor, de cuya historia no me acuerdo realmente pero cuyo título quedó grabado en mi mente para siempre (como “Lucas y Lucas” o “Fray Perico y su Borrico”, ambos naranjas). Al pensar en el libro blanco me vino inevitablemente también a la cabeza aquél juego de palabras con en el que mis hermanas y yo nos recreábamos sin descanso. “jamón, jamón, ja-món, ja-món, ja-món, ja, mon-ja, mon-ja, monja, monja…” (la forma adecuada de hacerlo era empezando despacio pero siempre acelerando, y atropellándose la lengua al final en un intento de ser el más veloz en entrar en el bucle, y después acabar a carcajada limpia…). Por alguna razón el hecho de que “jamón” se transfigurara en “monja” tan sólo mediante una rotación nos fascinaba.

Hoy, tras la frikada de los “enifemismos”, me veo de nuevo inventando un nombre para otro concepto absurdo; una manera de calificar las palabras que como “jamón” y “monja” permiten una rotación de sus letras para convertirse en otra. Así que con todo el descaro hacia los que saben y deben, me permito injustificadamente bautizar tales casos como “rotomismos”. Eso sí, dejo consancia de que (salvando las diferencias?) alguien definió (con criterio) otros casos igualmente estúpidos como “bifrontes” y “calambures” (¿nos fíamos de la Wikipedia?). En cualquier caso, marchando un breve listado con algunos de los rotomismos que he encontrado:

docena – cenado
filmar – marfil
apiñar – rapiña
pajero – ropaje
santera – rasante
cereal – realce

que me perdonen Sofía, Bea y el resto por la gamberrada…