El jueves es el día en el que ponen un mercad(ill)o en una de las calles que tengo que caminar para llegar al trabajo. La mayoría de los puestos intentan vender ropa barata o comida. Quesos, carne, pesacado, y otra cosa que aún no sé lo que es pero que huele fatal (que asco como huele hoy… ah sí claro, el mercado… hoy debe de ser jueves). Pero además de hedores uno encuentra fragancias es este mercad(ill)o. En su parte final, al fondo, donde sólo las viejecitas despreocupadas de horarios y estreses llegan, está el puesto de las flores. No es el puesto más visitado, aunque de todos modos en este mercad(ill)o la jornada pasa siempre sin grandes sobresaltos hasta que llegan las dos y cuarto y los puestos se pliegan, los toldos se recogen y todo desaparece como si nada hubiera pasado. Apenas suele quedar evidencia de la presencia del mercad(ill)o salvo por todas las flores que no han sido vendidas y que quedan desparramadas por el suelo a la espera de que el camión de la basura las recoja.

Este último jueves decidí pasarme por allá (gracias Judit) y recoger alguna de esas flores. Hice dos viajes trabajo-mercad(ill)o-trabajo, no sin dificultades. Y eso que al llegar al edificio de mi la oficina conté con la ayuda de una trabajadora que amablemente salío de la suya para sostenerme la puerta de cristal de la entrada al ver que flores, tiestos y tierra se me escurrían por todos los lados mientras intentaba sostener la puerta con un pie, guardar las llaves con una mano, amarrar las plantas con los brazos y cruzar el humbral con una elegancia y agilidad de pinguino mareado. Un “oh, bonjour madame, merci beaucoup” con un semblante esforzado en esconder el meCaguenQueMeSescurreTo y el mierdaDeboParecerRetrasado. De vuelta un amable “de rien” con propina (sonrisa). Es todo lo que crucé con la mujer antes de hacer mutis por el foro de semejante escenario.

A la noche coloqué las recién adoptadas flores con el resto de las que tengo en mi guardería de plantas maltrechas y flores huérfanas. Hace un mes volviendo de una (como siempre en ese lugar) interesante velada me topé con una docena de margaritas que parecía que estuvieran esperándome. Estaban en el suelo con sus respectivas protecciones de papel transparente a merced de los barrenderos. A la semana siguiente, en ese mismo lugar encontré una docena de geranios que parecía que alguien hubiera dejado allí para mí (¿seguro que no fuiste tú?). Se veían resecos, pero tras tres días en mi hospital revivieron como las margaritas. Tras la última oleada de las flores del mercad(ill)o el espacio en el balcón empieza a escasear, creo que empezaré a regalar flores para poder adoptar nuevas. Así que ya sabéis.

Y como hoy estaba programando unos temas de edición básica de video, he aprovechado para probarlo con las flores. La calidad del video es horrible (en todos los aspectos), y la música es algo que hice hace ocho años… pero al menos podeis ver un poco las flores, que es lo que quería.