Entre ayer y hoy he descubierto un nuevo “txoko” secreto, un nuevo pequeño paraíso. Tan cerca que estaba, tan vulgar que me lo imaginaba, y tan agradable que ha resultado ser. Al lado de casa tengo como sabéis, los que la conocáis, ese parque tan frecuentado por los lugareños (si existe tal cosa aquí) durante los tórridos días de verano, que este año están siendo bastantes (gracias Gemma por tu mal pronóstico). Cuando el calor aprieta menos y el agobio deja paso a esa sensación de perfecto bienestar, allá por los 25 grados, es una buena idea acercarse al parque, especialmente a su fuente circular. A esa hora, que son las 21h, la gente deja los jardines para acercarse tímidamente a la fuente y escuchar mejor el sonido del agua al caer. A esa hora, cuando el tráfico feroz ha sido remplazado por el sonido de las conversaciones y los pasos, la gente recupera su espacio, las calles, la ciudad. Según uno se acerca a la gran flor de agua el ruido de las gotas al caer sobre el plato manso de ondas tenues se hace más pronunciado. El aire se hace más fresco, más respirable. El olor cambia también, es incluso posible sentir la fragancia del agua fresca en los pulmones. La gente se congrega poco a poco en su borde de piedra, no mucha, ni poca, la justa. En grupos, en familia, en parejas, en solitario. Todos guardan un silencio cómplice, el de saberse disfrutar de un mismo espectáculo; sencillo pero especial. No dejamos de ser nosotros los que proyectamos en las cosas su valor. Sentados, abrazados, tumbados, recostados, con los pies dentro o fuera del agua, acompañando con música el chapoteo de los chorros o sin ella, la gente espera que el sol se ponga, lentamente, durante una hora. Como si de un ritual se tratara, sólo se puede oir el silencio de las personas y el discurso del agua. Es fácil quedarse hipnotizado viendo las parábolas que el agua forma, son siempre diferentes, como lo es el sonido de las olas del mar. Lo que parece un flujo constante de agua en los pistilos de la flor se convierte en un sinfín de pedazos disjuntos de agua que bailan y chisporrotean en su viaje por el aire. La gran columna principal cambia de forma constantemente, sutilmente, como coqueteando frente a esos que la miran con detenimiento. No es difícil dejarse persuadir de que toda la gran flor líquida está de hecho bailando al son de nuestra música, es difícil pensar que esos vaivenes, oscilaciones y balanceos sean capricho del azar y no producidos por la música que uno escucha. Sin que apenas de tiempo a darse cuenta la noche ha caído. Son las 22h30, y la temperatura es tan agradable, el tacto de la hierba tan suave, el ronroneo del agua tan envolvente que uno quisiera quedarse allí para siempre. Todos siguen mirando la flor de agua, pero algo cambia. Los niños empiezan a moverse, los jóvenes empiezan a hablar. Como si la noche invitase a bailar, todos nos activamos, parece que volviéramos de un sueño. Los niños, como siempre, son los primeros en hacer lo que todo el mundo está deseando: meterse en el agua. Corren y chapotean, juegan a acercarse lo más posible al centro de la flor, acompañandos de risas, aplausos y gritos. Los grupos de jóvenes empiezan a charlar con enérgicos aspavientos de brazos, las parejas ríen al ver los críos disfrutar. Algún jóven de los solitarios deja sus zapatillas y decide hundir las rodillas, y dos chicos fumado(re)s hacen lo propio, retando a la gran columna de agua, que siempre gana por supuesto. Sonrisas y ruido, algunos se recuestan de nuevo sobre el césped y siguen escuchando música. Las noches así no deberían terminar nunca.

2 Comments

  1. Gemma says:

    Entre ayer y hoy me han descubierto un nuevo medio de evasión, un pequeño regalo cuya delicia lo convierte en inmenso.
    Mi trabajo no me disgusta, más bien al contrario, estoy rodeada de pequeños seres que, si bien algunos calificarían de inertes, de objetos, yo sé muy bien que rebosan vida, desbordan vidas que yo me dedico a escuchar. Y no son las nubes, no es la lluvia, el calor o el frío, de momento a éstos sólo me dedico cual aficionada, ya que dado el dudoso éxito no creo que pudiese ganarme la vida con mis pronósticos meteorológicos.
    En fin, que de mi trabajo no me quejo, pero eso no quita que vaya en contra de mi ideal de vida el pasar ocho horas al día dedicada a actividades que nada tienen que ver con la tan conocida por algunos ‘conquista’, o con la max(g)im(c)a explotación del placer y el escalofrío que tanto persigo.
    Teniendo en cuenta esto, y los rostros con los que algunos días preferiría no toparme (cuestión de haber dormido más o menos profundamente), o los comentarios que desearía no escuchar, y que se convierten en algo inevitable desde el momento en que el mundo decide por ti y te posiciona en un lugar determinado durante un tiempo establecido e inquebrantable con el fin de poder costear tu existencia. Teniendo en cuenta esto, y las corbatas que tiran de rostros apagados, los whiskys que succionan ojos y vidas tristes, los metros que acarrean con su ruido cuerpos resignados, y un largo etcétera en el que nunca tengo claro si es mejor pensar o no pensar. Teniendo en cuenta todo ello, qué preciados los momentos en que una es capaz de darse un paseo por la luna, bañarse desnuda en una nube o entrar en un nuevo pequeño paraíso de la mano de un amigo.
    El pequeño regalo delicioso no es la fuente, Íñigo, eres tú sentado contemplándola y haciéndome llegar ese tu pequeño sueño refrescante y con música cuando, en un pequeño paréntesis que he hecho en mi trabajo, se ha colado, tras mi decisión de hacer una breve excursión a tu trastero, un trocito de parque, una fuente, una puesta de sol y un poquito de esa soledad que al parecer el jueves se antojaba, no sólo amable, sino también apetecible.
    El regalo no es la fuente, no, pero eso no quita que un día de éstos vaya yo misma a disfrutar del tacto de la hierba.

  2. Cassandra says:

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