El gusto y el olfato son los dos sentidos más misteriosos para mí. Siempre he sido más de física que de química.

El otro día salí de nuevo con la intención de recoger flores huérfanas. Había dejado de llover y el suelo estaba aún húmedo. Caminé con cuidado de no pisar las decenas de caracoles que habían tomado las calles, y llegué al mercado. Pero no encontré flores desatendidas. Tanto mejor. Hacía una temperatura muy agradable y el sol me pellizcaba la cara con algunos rayos tímidos, como para decirme que sí, estoy aquí. Así que decidí aprovechar la sensación de bienestar para caminar un rato sin rumbo antes de volver a mis quehaceres. Con un poco de suerte mis piernas me llevarían a algún lugar en el que no hubiera estado nunca antes.

No había apenas tráfico y la calle estaba casi desierta. Durante unos minutos no percibí movimiento alguno a mi alrededor hasta que por fin ohí el murmuro de unos niños que se acercaban hacia mí. De pronto el frescor de una brisa se coló por debajo de la chaqueta y me rodeó el cuerpo con su tacto suave. Y en ese mismo momento me llegó también una repentina bocanada de ese olor que se forma cuando llueve sobre un suelo seco o cuando el sol evapora el agua de las calles (olor a azufre dice el aitá). Y fue mi nariz, y nos mis piernas, quien me trasladó de pronto a un lugar que sí conocía pero que no visitaba en más de quince años. Porque el olor era el de la parada del autobús del cole, y yo estaba allí rodeado por el ruido de los otros niños y con mi bocadillo de chorizo; era una tarde cualquiera en un otoño templado en la que el sol se había hecho sitio en un cielo que acaba de dejar caer una gotas.

Cuando se camina la vida creo que además de disfrutar del paisaje es importante pararse de vez en cuando y recordar los lugares por los que ya se ha pasado. Cuando alguno de esos recuerdos se extravía me fastidia enormemente, así que me alegra haberme encontrado y poder traerme conmigo en la mochila la foto de esa esquina de la parada del autobús del colegio. Es curioso lo que a veces el olfato puede hacer por uno.