estoy sentado en una mesa de madera, frente a una ventana en un apartamento en algún lugar del mediterráneo, en esta mañana de verano de calor infernal. la casa está casi a oscuras, todo cerrado a cal y canto, y a pesar del calor el suelo (que es de baldosas!!) está helado. tengo una cocina chica de madera tras de mi. la entrada está a la izquierda y los dormitorios, uno de ellos con literas, a mi derecha. por la ventana veo un jardín reseco en el que sólo hay unas flores amarillas. al jardincillo se accede por la puerta que está a la izquierda de la ventana, y en él no hay mucho que hacer más que observar como esos insectos rojos que lo inundan todo como una plaga deambulan entre las flores. la única sombra que veo es bajo la puerta que da al jardín, y allí los baldosines color teja del suelo queman como brasas si los tocas. de todos modos, aunque quisiera, no podría.
miro el vaso de agua que tengo al lado y después la goma de borrar Milan que hay a su lado; estoy agobiado en esta mañaba sin olor ni sabor ni tiempo, de pesada y abrasante calma. y este horrible libro de Santillana no ayuda en absoluto. lo odio. todavía tengo que completar las dos páginas de sinónimos de hoy antes de pasar al Rubio de caligrafía – hoy tocan deberes de lengua. qué asco. estoy deseando que llegue la tarde y con ella el fresco, y vayamos por fin a las rocas de la costa a intentar pescar unos peces, a recoger unos berberechos y leer mi libro de programación con los pies en el agua. pero para eso aún falta una vida; qué lento que pasa el tiempo aquí.