estoy en la estación de metro, saliendo hacia la ciudad. es uno de esos días, de ingenua felicidad, y voy contento enmimismado. levanto la mirada y me encuentro con una estátua victoriana que me mira fijamente. lleva un vestido granate y blanco maravilloso y entallado. pero no es eso sino su cara dulce y picante, y sobre todo la sonrisa y guiño de ojo que me echa lo que me deja atolondrado. remata la faena con un beso que me lanza directo al corazón, que hoy llevo desprotegido. reconozco que el tiro ha sido certero, casi perfecto. así que decido recompensárselo y contribuyo a la caja de monedas que hay a sus pies. le lanzo un beso, “adiós”, y ella me guiña el ojo (“gracias guapo”).