hay varios clichés sobre las navidades. Se me ocurren tres de los típicos:

* el de las luces y neones, el de los grandes centros comerciales y “cariño voy a llegar tarde que hay atasco”, el de volver a casa cargando dos PlayStations “para el campeón”, y cinco Barbies “para la princesa”, de suegras que vienen a pasar las vacaciones en casa, y las cenas en restaurantes con botella de vino francés y “te acuerdas del día que nos conocimos”. Además de en las películas, me pregunto si este tipo de navidades realmente existen.

* la del hippy amargado (“¿yo amargado?”) y colega alternativo para el que todos los días son iguales porque son especiales, que te cuenta el discurso habitual sobre que Cocacola inventó a Papá Noel, de que El Corte Inglés y Disney diseñaron las navidades y no sé qué más sobre el consumismo, de que todas los deseos familiares son sólo buenas intenciones enlatadas y de que “buah tío paso del sistema”…

* el de volver a ver pelis clásicas bajo una manta gruesa, ir ver el Cascanueces en el teatro, ponerse los guantes para dar un paseo por la ciudad, quitarse los guantes para agarrar el cucurucho de castañas calientes, quedarse en casa leyendo un libraco, ir al patinaje sobre hielo, y, como no, participar en tres o cuatro merienda-cenas que culminan con alguna variante teatral y por lo general muy cómica del pictionary.

Muy de película los tres. Este año, que parece que todo es efectivamente de película, voy a probar el tercero.