Monthly Archives: August 2008

pasotismo supremo

Soy un inculto profundo, porque sólo se de las cosas que me interesan y sólo me intereso por las cosas que me resultan entretenidas, bellas o misteriosas. Es decir, no suelo poder dialogar con gente cultivada.

Soy un inculto perfecto, porque no conozco a los cantantes ni deportistas que encandilan al público, ni las series de televisión que mueven multitudes. Es decir, que no puedo mantener conversaciones de ascensor.

Soy un inculto convencido, porque no miro la tele, ni escucho la radio, ni leo la prensa, y hace tiempo que no presto atención a lo que pasa en eso que llaman “el mundo”. Es decir, posiblemente no imagines el alcance de mi pasotismo supremo.

lluvia sabor limón

Cada día cruzo el parking de automóviles del gran centro comercial. A veces soy consciente de ello y veo las cosas que pasan en él, me fijo en el suelo que piso, los árboles, los coches y el trajín humano que forman esa masa de actividad frenética que orbita alrededor del gran centro comercial. También oigo como la gente conversa, y a veces incluso escucho lo que dicen. Otros días en cambio lo recorro sin darme cuenta; simplemente despierto al otro lado del parking de automóviles sin haber percibido nada, ni siquiera el paso del tiempo, como si no hubiera estado allí.

Hoy desperté a medio camino. Llovía pero yo no lo había notado. No fueron las gotas de agua las que me trajeron de vuelta a la realidad, sino la mirada de una mujer de largos cabellos negros, que me sonreía. Ella tampoco corría para escapar de la lluvía como el resto. Al contrario, extendía los brazos como para recojer el agua de lluvia, para que la empapase. “Buena idea”. Ralenticé el paso y la imité. La temperatura era agradable. Un instante después busqué en la mujer una mirada que no encontré, ya se había alejado varios metros. Me detuve, miré al cielo, y abrí la boca durante un ratito, lo justo para recoger unas gotas de agua vírgen de nube (sabor limón esta vez). Y seguí caminando con las gafas salpicadas de gotas y chispitas de agua; nunca antes había mojado unas lentes.

algebra, estadística y señales : tres en uno

Amigo teleco, ¿no has jugado nunca a que una señal o una variable aleatoria es un vector de tantas dimensiones como muestras tengamos, o a que una función sea un vector de infintas dimensiones? Mira…

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Sí, cuando el ángulo vale cero dos señales son paralelas, y cuando son perpendiculares significa que no están correladas o que son independientes (sin información mutua). ¿Listo para calcular el ángulo entre dos fotografías? Además, como el coseno de todo ángulo ha de estar entre -1 y 1, podemos hacer

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que es la desigualdad de Schwarz. Otro juego es imaginar que dos señales x e y son los lados de un triángulo, en el que la longitud del tercero lado z (que en notación vectorial es la resta de x e y) nos dice cuán diferentes son. El cuadrado de esa longitud lo conoces como error cuadrático medio. El teorema del coseno se obtiene expandiendo esta construcción ya que

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Para terminar con el juego, convierte la transformada de Fourier en una serie de productos escalares

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es decir, en la multiplicación de un vector (tu onda) por una matriz:

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Como cada eje de la matriz forma 90 grados con el resto y además tiene longitud uno, es una matriz ortonormal (una rotación). Como las rotaciones no alteran las longitudes de los vectores podemos decir que

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que no es sino el teorema de Parseval. La transformada de Fourier es una rotación.

cosas que pasan

desperté llorando de alegría. luego volví a la realidad; había sido sólo un sueño. y seguí llorando.

una imagen

La chica paseaba por el parque con dos pequeños perros atados por sendas correas. Caminaba por mi derecha, y su perfil quedaba enmarcado en la vista de un cielo tintado por un ocaso naranja. En ese mismo momento que yo la miraba, sus perros, atraídos fuertemente por algo que yo no veía, empezaron a tirar de las correas en direcciones opuestas. La chica se lo permitió, tranquilamente, paciente, tal vez distraída. Y quedó inmóbil allí en el lienzo del atardecer, con los brazos estirados, mirando al cielo. Serena prisionera, anclada a la tierra por los dos cordeles. El tiempo deceleró rápidamente hasta detenerse al menos durante una eternidad.

valores y el valor del valor

Un hombre vagabundo trotamundos me pide cinco euros a cambio de uno de sus dibujos oscuros y tétricos. Ninguno me gusta en verdad, pero miro su amplia colección y veo que ahí hay un trabajo, o al menos un esmero. Desde luego una pasión. Además, no quiere conseguir su dinero (que está en mi bolsillo) através de mi solidaridad o mi necesidad de sentir que hago algo bueno hoy; no quiere mi misericordia. Quiere que pague su talento. Le doy los cuatro euros y medio que tengo sueltos (y me apodero de uno de los macabro-dibujos). Acepta a regañadientes, sus obras valen al menos cinco. Cerramos el trato y me comenta que está de paso por la ciudad. Respondo que efectivamente casi todos están de paso en esta ciudad, y nos separamos.

el hombre y sus verdades

La naturaleza humana es soñadora, si no lo fuera el hombre no habría inventado tantas palabras bellas para cosas que no existen.

Creando metáforas sobre las cosas que no alcanza a describir, y dando nombres a esas metáforas después, el hombre construye conceptos y ficciones que le ayudan a expresarse y a palpar mejor el mundo, a saborearlo más intensamente.

Pero las metáforas tienen doble filo, porque también le ayudan a evadirse, a esconder sus miedos y no tener que mirarlos de frente.

Instalado en la comodidad de su propio juego, embriagado en un mar de metáforas y ficciones, preso de su propia trampa, el hombre olvida su papel de creador de metáforas.

El olvido provoca que metáforas y ficciones se convierten en mitos, y los mitos en verdades, y las verdades en símbolos.

El día que el hombre lucha por símbolos, verdades, mitos y metáforas, en vez de por los sueños y sensaciones que los crearon, ese día, el hombre enferma.

las flores huérfanas

El jueves es el día en el que ponen un mercad(ill)o en una de las calles que tengo que caminar para llegar al trabajo. La mayoría de los puestos intentan vender ropa barata o comida. Quesos, carne, pesacado, y otra cosa que aún no sé lo que es pero que huele fatal (que asco como huele hoy… ah sí claro, el mercado… hoy debe de ser jueves). Pero además de hedores uno encuentra fragancias es este mercad(ill)o. En su parte final, al fondo, donde sólo las viejecitas despreocupadas de horarios y estreses llegan, está el puesto de las flores. No es el puesto más visitado, aunque de todos modos en este mercad(ill)o la jornada pasa siempre sin grandes sobresaltos hasta que llegan las dos y cuarto y los puestos se pliegan, los toldos se recogen y todo desaparece como si nada hubiera pasado. Apenas suele quedar evidencia de la presencia del mercad(ill)o salvo por todas las flores que no han sido vendidas y que quedan desparramadas por el suelo a la espera de que el camión de la basura las recoja.

Este último jueves decidí pasarme por allá (gracias Judit) y recoger alguna de esas flores. Hice dos viajes trabajo-mercad(ill)o-trabajo, no sin dificultades. Y eso que al llegar al edificio de mi la oficina conté con la ayuda de una trabajadora que amablemente salío de la suya para sostenerme la puerta de cristal de la entrada al ver que flores, tiestos y tierra se me escurrían por todos los lados mientras intentaba sostener la puerta con un pie, guardar las llaves con una mano, amarrar las plantas con los brazos y cruzar el humbral con una elegancia y agilidad de pinguino mareado. Un “oh, bonjour madame, merci beaucoup” con un semblante esforzado en esconder el meCaguenQueMeSescurreTo y el mierdaDeboParecerRetrasado. De vuelta un amable “de rien” con propina (sonrisa). Es todo lo que crucé con la mujer antes de hacer mutis por el foro de semejante escenario.

A la noche coloqué las recién adoptadas flores con el resto de las que tengo en mi guardería de plantas maltrechas y flores huérfanas. Hace un mes volviendo de una (como siempre en ese lugar) interesante velada me topé con una docena de margaritas que parecía que estuvieran esperándome. Estaban en el suelo con sus respectivas protecciones de papel transparente a merced de los barrenderos. A la semana siguiente, en ese mismo lugar encontré una docena de geranios que parecía que alguien hubiera dejado allí para mí (¿seguro que no fuiste tú?). Se veían resecos, pero tras tres días en mi hospital revivieron como las margaritas. Tras la última oleada de las flores del mercad(ill)o el espacio en el balcón empieza a escasear, creo que empezaré a regalar flores para poder adoptar nuevas. Así que ya sabéis.

Y como hoy estaba programando unos temas de edición básica de video, he aprovechado para probarlo con las flores. La calidad del video es horrible (en todos los aspectos), y la música es algo que hice hace ocho años… pero al menos podeis ver un poco las flores, que es lo que quería.